El lugar más pequeño: exterminio y reconstrucción en El Salvador

por mehelsalvador

(Reproducimos una entrevista del periódico La Jornada)

Entrevista con Tatiana Huezo

Por Paula Mónaco Felipe

–¿Por qué hablar de El Salvador y de un pueblito tan pequeño?

–Por curiosidad de sentir de cerca cómo había sido ese proceso que viví desde lejos. La primera vez que llegué a Cinquera una viejita se me abalanzó, me abrazó y me dijo: “¡Regresaste, Rina! ¡Estás igualita!, ¿cómo estás, mʼhija?” Le dije: “Está usted confundida, lo lamento mucho, no soy Rina.” Fue muy fuerte. Luego caminé y vi metralla, algunas casas abandonadas con árboles creciendo adentro y cuando entré a la iglesia había una cola de helicóptero militar en una pared y un montón de retratos de chamacos y muchachas, guerrilleros muertos. El olor a velas, el mar de rostros, esa cola allí colgada… dije: ¿qué iglesia es esta?, ¿qué pasó aquí?

–¿Por qué elegiste no mostrar nunca la cara de los entrevistados?

–Es una decisión formal y estética. Era una oportunidad de experimentar nuevas formas narrativas y quería alejarme del documental clásico o televisivo, donde es muy común ver a los personajes a cuadro, hablándole a la cámara. En el rodaje me propusieron poner la cámara lejos, pero no quería una cabeza parlante y dije: ni cerca ni lejos ni nada. Sabía que iba a ser una película de voz en off, súper íntima, donde la voz se te fuera metiendo adentro de a poquito.

–Parece también una forma de proteger a las víctimas.

–Era muy importante no regodearme en el dolor y no ilustrar la violencia. Incidir en el punto doloroso era muy fácil en esta historia donde podías llorar todo el tiempo y tener a los personajes expuestos, pero es una manera que a mi punto de ver les resta una dignidad fundamental. Había mucho drama pero está dosificado. En la entrevista de una mamá, totalmente desgarrada de inicio a fin, descubrí que también me puse a llorar, pero a los diez minutos me había agotado; a los quince empecé a dejar de sentir; a los veinte sentía cierta indiferencia, me incomodaba frente al dolor; y a la media hora ya no estaba identificada con el personaje. Me dije: qué fácil se desgasta el drama, qué fácil es acostumbrarse al dolor, y esto no puede suceder de ninguna manera. Sabía que el corazón y la fuerza de esta película estaban en el testimonio.

–El lugar más pequeño parece tener dos corazones porque la fotografía es muy seductora, con paisajes de un bosque exuberante, la calidez de los campesinos y detalles de vida cotidiana, como el parto de una vaca.

–Hubo un trabajo fuertísimo de imagen de Ernesto Pardo (cinefotógrafo) sobre cómo contar la cotidianidad que iba a vestir la película. El reto era tener ojos, oídos y corazón muy abiertos, atentos a percibir detalles que se vuelven grandes y dicen cosas de cada personaje en acciones pequeñas de cada día. Por otro lado, estaba el reto de construir el bosque, sagrado para ellos, porque ahí están sus muertos. Trabajamos mucho en ese bosque verde, húmedo, lleno de vida, bichos y sonidos. Es una película de atmósfera sonora y visual.

–Muestras a exguerrilleros de una forma no romántica. ¿Cómo son?

–Muy militantes, muy de izquierda y muy políticos. Son gente profundamente informada, pero no quería ubicarme en ideologías, bandos o discursos. Quería centrarme en cómo se vive después de haberlo perdido todo y me centré en lo más elemental del ser humano: la sobrevivencia. Hubo preguntas que les hice a todos: ¿se cura el dolor?, ¿se cura la guerra?, ¿se cura la pérdida?, ¿se cura la muerte?, ¿se cura perder los hijos?, ¿valió la pena?

–¿Y?

–Aprendí que nada de eso se cura. No se cura el dolor, se aprende a vivir con él.

–¿Qué es lo que permite seguir?

–Entendí que la vida de cada día. En esta gente que decidió volver a su pueblo, el haber decidido regresar fue el motor que les ayudó a levantar sus propias vidas también. En la reconstrucción del pueblo llevan dentro la de sus propias vidas. Es gente que optó por vivir, por volver a sembrar la tierra, cosechar el maíz, tener a sus animales, volver a criar a los hijos y contarles lo que pasó. Es gente que se caga de la risa y que llora por los rincones, tienen grandes momentos de negrura y soledad. La gran mayoría intentó suicidarse.

–¿Qué mensaje quieres que deje tu película?

–No la hice pensando en dar un mensaje, la hice para aprender y sentir qué paso. No fui pensando en encontrar una lección de vida, pero a través de la película hay una reflexión sobre lo que significa la huella de la violencia en los seres humanos, en la intimidad de familia y pueblos. Amo las películas que no te dicen cómo pensar, que no te dan todo masticado. En Guadalajara llegó una señora muy humilde después de la proyección y casi llorando me dijo: “Oiga, señorita, estoy muy conmovida y quiero denunciarle que en mi pueblo está pasando lo mismo que pasa allí, quiero saber en qué pueblo de México es esto”.

Puede leer la entrada original en el periódico La Jornada

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